HUELLAS SOBRE UNA CORTEZA
Como una oveja perdida en la noche
me acogí a la fronda…
El día partió con su hato de esperanza,
llevándose las horas y el horizonte virginal
donde todos los brotes apuntaban,
y la noche, que pudo ser cristal para los sueños,
se tornó un ojo oscuro
y el grito airado del muchacho
que me apartaba para dar paso a su rocín.
La tierra se estremeció ante el cuchillo de su voz…
Y yo, que sembraba y recogía,
sacaba agua del pozo,
disponía los alimentos sobre el mantel
y corría por los campos ondeantes de brisa
cuando tenues mariposas
expresaban el cauteloso vuelo del despertar,
sentí que esa voz cercenaba mi aliento.
Como una oveja perdida, sí, vagaba.
Y la noche
se asentó en todos los confines,
y el grito proseguía,
ocupaba la angosta callejuela,
y prendía en mi como una llama
porque, frente a su bestia, nada era yo
para el que lo lanzaba.
Y crecía su ansia de dominio,
y por su voz se abrieron hendeduras,
se cayeron las casas
y estallaron minas en mi seno,
que toda voz de hombre es voz de guerra.
Como una oveja perdida,
como una tierra exhausta de dar fruto
vagaba por el filo de esa voz
que me arrasaba
y establecía el olvido del amor,
y en la senda dejé manchas de sangre…
¡Cúbrelas!, me decía,
convoca una niebla azul
que confunda tus pasos con el mar.
Nadie sabrá si son las olas que han alisado el paisaje
y se mezclan con el humo
y esa nube de ira que se destaca gris
ocultando el umbral de la acogida…
Como una oveja perdida por el amor
me retiré a la espera
y amansé en mí su negación de mis trabajos
y sufrí que su mano, un día hoja suave,
se tornara de acero…
porque hubo un tiempo de inocencia
y el río fértil y sagrado reflejaba nuestros rostros,
de hombre y de mujer,
mezclándolos,
y creimos en el paraíso de nuestro corazón,
y entonces alguien dijo: os daréis las manos como pares,
os pondréis los anillos de igualdad,
compartireis la dignidad y el techo
y vuestras vidas seguirán paralelas
hacia el devenir…
Y en esa espera continúo
porque vuelven las flores del almendro
y se extiende el perfume de romero por los valles,
y blancas campanillas que indican la paciencia.
Yo llevo todavía los panes y los peces,
llevo los higos y las avellanas,
la miel y el vino...
Yo cumplo antes del alba con la luz,
lavo el horizonte con mis palabras,
dispongo el amanecer,
tejo con mis manos los instantes del día,
escribo sobre una corteza las sucesiones y los cambios…
Ninguna de estas cosas es inferior a una transacción,
a la soldadura del ala de una nave antes del vuelo,
al arma que desgarra la tierra,
o al clavo en la madera del ataúd.
Fui espigadora un día,
y pastora por los riscos,
preparé el queso
y por la noche cantaba a las flores dormidas
y a los niños
para que entraran en el dibujo de la luna,
en las ondas de plata,
y se mecieran.
Ahora sólo se oyen susurros de dolor.